domingo, 11 de abril de 2010

los gatos suben al tejado porque la luna les llama



Y recuerdo que el desorden inundaba su vida, siempre la veía andando de un lado para otro buscando el móvil, la tuerca de un pendiente o los apuntes para el examen del día siguiente. Nunca sabía cómo organizarse. Y cuando su madre le decía: 'cómo vas a encontrar nada entre tanto desorden?' ella le contestaba con una sonrisa pícara: 'hay un orden dentro de mi desorden...' Y así se concentraba, pero no era la única manera que tenía de hacerlo. Se concentraba también mirando un punto fijo en la pared, y entonces empezaba a hablar (y ahí ya no había nadie que la detuviese). Soltaba miles de palabras, una detrás de otra, y hablaba tan sumamente rápido, que aún puedo recordar mi cara intentando entender lo que decía. Pero como aquello me resultaba algo imposible, la callaba con un beso de esos que a ella le gustaban: en la comisura derecha del labio. Y oh dios! como se reía entonces, con su risa, con una carcajada dulce. Y después su mano derecha rodeaba mi cuello, y su mano izquierda mi mejilla. Luego separaba su boca de la mía y me susurraba: 'sabes que? te quiero' y continuaba besándome. Y por mucho tiempo que pasaba seguía sin saber como girar la lengua alrededor de la mía, y cada vez que ella lo intentaba yo no podía evitar sonreír al menos, provocando su enfado mientras me decía: 'que quieres que le haga? yo no tengo la culpa de ser tan torpe!' Y luego me tocaba acercarme al escalón número siete, donde a ella le gustaba sentarse, para pedirle perdón y esas cosas. 'Y esas cosas', cómo utilizaba aquella frase tan simple! Pero claro, su forma de hablar era única; recuerdo que usaba palabra que nadie más entendía, y se reía cuando yo me quedaba extrañado de oírlas. Y a veces hablaba a tercias, dejando a libre interpretación el final de sus ñoñerías. Todas acababan igual: ella siempre quería un beso. Lo aprendí muy pronto. Y qué más aprendí con ella? Ah, sí! Aquello de que los gatos suben al tejado porque la luna les llama; según decía, maúlla como ellos, y al final terminan acudiendo a su cita. Cómo me costó entender aquello de que las personas controlan las unas a las otras... Lo más curioso fue que lo comprendí cuando me dí cuenta de que ella me controlaba a mí. Qué poder tenía... Recuerdo que siempre me tocaba ceder y aguantar sus enfados. Se enfadaba con una facilidad tan infantil... Pero hasta su infantilidad me gustaba, y es que ella siempre lo reconocía: 'soy más infantil que la fábrica de chupetes!' solía decir. Después me tocaba pedir perdón por aquel comentario que tan mal le había sentado, y veía como su mejilla izquierda comenzaba a levantarse dibujando media sonrisa en su cara, porque según decía no podía enfadarse conmigo, le resultaba 'superior a ella', palabras textuales de nuevo. 
 Joder, cómo la echo de menos...

1 comentario:

Danny dijo...

Me alegra que vuelvas a abrir los comentarios, asi podre decirte sosadas mas a menudo :)
Me gusta el texto. Es muy rita, con sus besos en las comisuras, sus escalones y sesiones de ordenar cuartos (yo ya me entiendo ;)


Miau, la luna me espera...