martes, 23 de febrero de 2010

El mundo de Julia

  Fantaseaba mucho últimamente. Soñaba que podía alcanzar el recién llegado primaveral cielo azul con la punta de los dedos, que podía rozar las nubes y descubrir que eran de algodón. Olía esencias que nadie más percibía, como el perfume de febrero, ese que tanto respiraba aquellos días. Su mirada podía atravesar paredes y ventanas de edificios, y veía en su imaginación a gente comiendo, amando, durmiendo, hablando... Cuando llovía, observaba detenidamente como las gotas aterrizaban forzosamente en el suelo, y pensaba lo poco que habían vivido. Desdibujaba y volvía a construir formas en el espacio, hacía que las líneas de las figuras que le rodeaban fuesen juguetes con los que construir su mundo. Y cualquier imagen le devolvía al pasado, los flashbacks llenaban su cabeza, la hacían viajar a través del tiempo y del espacio, y le permitían pensar cómo habría sido su vida si hubiese tomado otras decisiones: probablemente ahora estaría en otro sitio. Fantaseaba con la idea de desaparecer en algún momento, de evadirse a otro rincón del mundo, a otra ciudad, a la casa más recóndita del mundo, a una isla perdida en el mar... 


  Y entonces pensaba en lo pequeña que era comparando con el resto del Universo. Se sentía delicada e indefensa, como un junco que se dobla con el viento, un junco que, sin embargo, por muchas vueltas que le hacía dar la vida, no se terminaba de romper, le hacía pensar que era fuerte, que no era de cristal. Y soñaba más aún. Cuando pasaba por los escaparates de las tiendas, se veía en la situación de los que trabajaban allí, porque, ¿quién sabía que le deparaba el futuro? Cuando tenía ocho años quería ser profesora; a los once comenzó a aficionarse a dibujar planos, y decidió que iba a ser arquitecta; sin embargo, cuando contaba trece primaveras, descubrió que algo estaba brotando en su interior: la necesidad de escribir, de comunicarse con el mundo, de contar al resto de la sociedad lo que ocurría, y comenzó a interesarse por el periodismo; más tarde, cuando cumplió los catorce años, se aficionó a las series de antropólogos y asesinatos, y quiso ser forense, pero ese sueño quedó truncado cuando se dio cuenta de que la química y la biología no eran lo suyo, así que lo descartó. 


  Por eso ahora tenía la cabeza llena de confusión, se daba cuenta de que la vida que la esperaba no era predecible, y eso le asustaba, así que prefería fantasear e imaginar lo que a ella le hacía feliz.



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