miércoles, 17 de febrero de 2010

 Sorbos de café y miradas a través del cristal. Son las cuatro y veintitrés de un raro jueves lluvioso. Apenas hay gente en la calle, tan solo un grupo de adolescentes, y gente esperando en la parada del autobús, nadie quiere salir de casa por el miedo a que la lluvia descargue sobre ellos, muchos de los cuales, además, estarán durmiendo plácidamente la siesta. Pero tú has decidido salir, no podías quedarte durmiendo, necesitabas respirar aire fresco, dejar atrás las preocupaciones que llevabas arrastrando toda la semana, y sentías también la necesidad de hablar con alguien, de compartir el peso de tus fracasos y tus meteduras de pata. 

 Ahí viene. Lo ves caminar al otro lado de la cristalera, corriendo mientras cruza la calle por donde no debe. El mismo aire desenfadado de siempre, la misma confianza en sí mismo, y esa pícara sonrisa cuando te ve a través de la ventana. Entra a la cafetería, se sienta enfrente tuyo y te mira fijamente. Luego sonríe y te saluda como es debido. Él sabe que hay una razón profunda por la que has querido quedar, que no es una simple tarde juntos, si no que te conoce lo suficientemente bien como para darse cuenta de que necesitas hablar con alguien urgentemente, de que las cosas no han ido bien últimamente. Aunque, realmente, no es muy difícil adivinar tu situación: las ojeras denotan las escasas cinco horas que has dormido; las uñas mordidas y el esmalte que poco a poco has ido radiendo de tus uñas muestran, por mucho que lo quieras ocultar escondiendo las manos, tu nerviosismo; y para colmo estás mordiéndote el labio inferior, como siempre haces cuando tienes algún problema en mente. Él te pregunta qué te pasa mientras tú juegas con la cucharilla y la taza de café, intentando hacer ruido para evitar hablar del tema. 

 Pero es hora de afrontar los problemas. Con los ojos tan humedecidos como el ambiente de la calle comienzas a contar lo que te ocurre desde el principio, muy detalladamente. Él no dice nada, simplemente se asombra a veces, pero te deja hablar, te conoce mejor que nadie y sabe que en esos momentos lo único que necesitas es desahogarte. A cada palabra que sale de tu boca, el peso disminuye hasta que se reduce a la mitad. Le cuentas todo lo que te había pasado por la cabeza en esos cuatro días, y todo esto sin levantar la vista del juguete improvisado con el que enredan tus manos. Es un relato difícil de encajar, y cuando por fin terminas de hablar y le miras fijamente, te das cuenta de que sus preciosos ojos verdes también se han humedecido, y que incluso han soltado alguna lágrima. - Como se te vuelva a pasar algo así por esa cabecita, yo me voy contigo, te juro por lo que más quiero en este mundo que voy detrás de ti... - te dice con una voz nerviosa. Es entonces, justo en ese instante, cuando te das cuenta de que, al menos, sí que le importas a alguien, un problema menos. Luego vais buscando soluciones a cada uno de tus problemas, y los nubarrones que cubrían tu mente van desapareciendo poco a poco, a la par que fuera, en la calle, comienza a escampar. Entonces, por primera vez en esos cuatro horribles días, él te hace sonreír, consigue arrancarte una pequeña risa, y te das cuenta de que las cosas no estaban tan mal como creías.


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