viernes, 13 de noviembre de 2009

25 de junio

El olor del verano inunda las calles. Hoy no es un día soleado, las nubes han cubierto el cielo, pero es un día de calor pesado, de esos en los que sabes que, dentro de poco, una gran tormenta va a inundar las calles, obligando a los mercaderes y dueños de bares con terrazas a recluirse a sus locales, dejando la calle con total libertad para la lluvia. Oyes voces cercanas que venden todo tipo de cosas. Las voces se mezclan con los ruidos de motores de los Fiat, algún Alfa Romeo, un Lamborghini que rara vez se ve por ese barrio, Vespas, Hondas y SH, provocando un barullo típico de las calles del Trastevere. Hay una gran multitud, y, de repente, alguien pasa por tu lado, rozando tu brazo, y eso produce un escalofrío que te recorre desde el cuello hasta el final de la espalda. Y esa persona no resulta otra que un vendedor de sandías, que corre rápidamente a su puesto, para que no se quede abandonado. Parece un buen hombre a simple vista. Tiene un espeso bigote, la nariz rechoncha y unos ojos saltones; está empezando a quedarse calvo, y, a juzgar por su prominente barriga, no pasa hambre. Se da cuenta de que lo estás mirando, y con una sonrisa, te ofrece una pieza de sandía. Es muy roja, y nada más tocar tus labios, el dulzor invade tu boca, refrescándola. Entonces, la tormenta descarga sobre las sombrillas y las lonas de los puestos. La gente corre a sus coches, o simplemente corre a refugiarse bajo los portales descuidados y gastados por el paso del tiempo. Hoy es un lluvioso raro día de verano en Roma.

ROMA(L) Espérame, que vuelvo en marzo ;)

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